Primera Parte - El Fin de la Guerra Fría

El efecto obvio del fin de la Guerra Fría en 1989 para los países latinoamericanos y los europeos de Este, fue pasar del totalitarismo o autoritarismo, a sistemas democráticos de gobierno. Politólogos del mundo llamarían a este periodo el de “la consolidación democrática” y mucha tinta se utilizó para su análisis en los años inmediatamente posteriores.

Sin Guerra Fría, Estados Unidos estaba legitimado para defender el principio enunciado por Lincoln en su discurso inaugural del cementerio de Gettysburg en 1863 y en medio de una terrible guerra civil, que terminaría sentenciando a favor de la libertad: Para finales del siglo 20 este principio era parte vital de la tradición jurídico-política de los Estados Unidos. El compromiso de este país era asegurar “que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no desapareciera de la faz de la tierra y pronto los latinoamericanos nos daríamos cuenta de que por lo menos en su área de influencia, este sería un principio para replantear sus relaciones con nosotros después de la Guerra Fría.

El primero en enfrentar en nuevo orden mundial fue Pinochet en 1989 cuando su intento de quedarse en el poder vía referéndum, fue derrotado y el gobierno estadounidense extendió sus felicitaciones por la jornada democrática. Luego le transmitió idéntico mensaje al primer general despistado (Oviedo) que en Paraguay, por allá en 1996, pretendió derrocar militarmente a un presidente elegido democráticamente. El gobierno de los Estados Unidos enfatizó que no sólo no apoyaba esa clase de acciones, sino que exigía el restablecimiento inmediato de la democracia. El golpe, exitoso en lo militar, nunca se concretó políticamente.

En el contexto de la anarquía política latinoamericana, ya conocíamos que los políticos pueden ser groseramente ignorantes o patéticamente incompetentes, pero todos, absolutamente elásticos para adaptarse a las circunstancias. Pinochet entonces fue el primero en entender que la dictadura o el autoritarismo ya no se haría con soldados, sino con abogados. Que sólo así podría alcanzar su último deseo: morir en el poder.

El autoritarismo constitucional que casi logra Pinochet en diciembre de 1989, Fujimori y Menem lo alcanzarían, con mayor éxito. El primero se hizo presidente en julio de 1990 y 21 meses después estaba disolviendo el congreso y suspendiendo al poder judicial. Convocaría una Asamblea nacional Constituyente y para 1993 una nueva constitución aprobada por referéndum fue su primer escalón. Una vía de hecho legitimada por un acto que en la forma parece legal.

Su reelección quedó constitucionalmente establecida y los poderes del ejecutivo ampliados. La aprehensión del líder y el resto de la cúpula de Sendero Luminoso, en medio de drásticas medidas para reducir la inflación y garantizar la inversión extranjera, haría que el 60% de los votos lo mantuviera el poder por otro periodo a partir de 1994. El alto costo social del modelo económico, sin embargo, empezaba a ser evidente, y sin embargo Fujimori ya estaba pensando en cómo sortear la prohibición constitucional de una sola reelección.

Otra vez los abogados aparecieron para dar sus luces. Desde el establecimiento de nuestros códigos civiles al final del siglo 19, rige una reglita de interpretación que poco
se ha usado y que en ese contexto parecía inocua: La “interpretación con autoridad” indicaba que la primera forma de saber qué quería decir una norma, era remitiéndose al órgano que la había expedido para que la aclarara. La forma más perfecta de dicha figura se daba cuando el mismo congreso emitía la interpretación justa para la norma que el mismo había expedido. No había Asamblea Constituyente y por eso las mayorías de Fujimori en el Congreso, representantes del pueblo peruano de acuerdo a otra regla aceptada, podían promulgar una ley dado que existía “un problema hermenéutico.”

Así nació otra pieza producto del procedimiento democrático. La Ley de Interpretación Auténtica de la Constitución de 1996 y que permitiría la aplicación de otra regla jurídica muy sencilla y práctica: las normas rigen a partir de su expedición. La mencionada ley se limitó a aplicar esta regla de interpretación para concluir que como la Constitución del 93 ara posterior a la primera elección de Fujimori, la prohibición no lo cobijaba, pues el conteo decía que apenas había sido candidato una vez. No hacían faltas soldados con tan buenos abogados y Fujimori se convertiría en presidente por tercera vez. Desafortunadamente para Fujimori y todos los que se servían de su presidencia, vendrían los videos de Montesinos que sólo corroboraron lo que es típico de toda dictadura, incluso las constitucionales, que la razón misma de su existencia es el anhelo de alcanzar el poder, servirse del mismo y mantenerlo a como de lugar.

El segundo, Menem, debió enfrentarse con un contexto que le complicaría acceder al poder absoluto con la velocidad que lo había hecho Fujimori. Llega a la presidencia Argentina en 1989 en medio de una hiperinflación que estrangulaba a los argentinos. Consigue conjurarla e inmediatamente se da cuenta que su popularidad la puede usar para mantenerse en el poder. Pronto plantea la reforma constitucional que le permite su reelección en 1994.

Su reelección debió negociarla con la oposición en lo que se llamó el Pacto de Olivos, que incluía la adopción de unos acuerdos internacionales, la reducción del periodo presidencial a 5 años y el establecimiento de la figura del Jefe de Gabinete. Empero, la primera estrategia de Menem fue amenazar con imponer una interpretación constitucional al proceso de votación de la reforma y usar al plebiscito para que el pueblo se pronunciara. Otro hecho que demuestra la capacidad de los políticos latinoamericanos de usar el derecho para legitimar la “voluntad popular.”

Menem no abandonaría el poder sin intentar otra reforma constitucional en 1999, pero esta vez los escándalos de corrupción y los resultados económicos no lo ayudarían. En ambos casos existe una explicación plausible de por qué uno alcanzó más poder que el otro. A la postre esta aparente ventaja para Fujimori, haría su caída más espectacular. Este asunto será tratado en la segunda parte de este ensayo.